Industria farmacéutica: la necesidad de un cambio de políticas

Por Pablo Marón Challú

Economista, Vicepresidente de la Unión Industrial de la Provincia de Buenos Aires.

 

No son buenos los actuales momentos ni para la industria farmacéutica ni para el sector. Independientemente de los progresos que cada empresa en particular pudo haber realizado en los últimos años, algunos elementos del contexto macroeconómico y algunas políticas para el sector no están favoreciendo ni su desarrollo ni su sustentabilidad.

Más de 7 años de control de precios cuya justificación pareciera haber sido una “alegada falta de competencia y una alta rentabilidad” pero cuyo objetivo fue claramente mantener deprimidos los precios del sector como una manera de hacerlos accesibles, han terminado por crear condiciones objetivas muy difíciles de sobrellevar para las empresas en general pero en particular para las más pequeñas.  Se dice, y con razón, que las mejores políticas son aquellas que parten de  diagnósticos ajustados a la realidad ya que de lo contrario sería imposible que se lograran los objetivos buscados. Pues bien, hoy tenemos un ejemplo de lo que acontece cuando no se sigue esta máxima de la política y del sentido común.

Salvo en los productos basados en drogas nuevas, cuyos precios, notablemente, no se controlan, para el resto de los medicamentos se verifica un muy alto grado de competencia, nada más que esa competencia no es la que se verifica en los mercados de commodities sino la que rige en la mayoría de los sectores industriales y de la economía: se compite a través de la diferenciación del producto lograda de distintas manera pero, en particular por la imposición de marcas o por la promoción de la empresa que los produce o los vende. Esta diferenciación produce “nichos de rentabilidad” que atraen a otras empresas, proceso que termina haciendo que los precios caigan y las cantidades comercializadas aumenten. En un trabajo previo de mi autoría (“Patentes sin monopolios”) se compararon los precios de lanzamiento de 14 drogas nuevas con los que surgían luego de que la competencia por diferenciación funcionara durante 6 ó 7 años; la investigación concluyó que los precios bajaron más del 35% y las cantidades comercializadas aumentaron más del 700%.

Pero hay otras características que no se pueden ignorar al momento de establecer diagnósticos que den lugar a políticas apropiadas: la industria farmacéutica es uno de los sectores donde es mayor el nivel de innovación tecnológica y el de lanzamiento de productos nuevos y son precisamente esos nichos de rentabilidad los que permiten sostener este proceso y la competencia que se requiere para mantener accesibles los precios de los medicamentos. No se puede interrumpir este proceso ni es bueno hacerlo. No se lo puede interrumpir porque los nuevos productos (las nuevas drogas) los lanzan al mercado internacional las 10 ó 12 mayores multinacionales farmacéuticas a las que les interesa muy poco nuestra opinión sobre este tema, ni sería bueno. Diría imposible hacerlo, porque si se lo hace, dejaríamos de atender necesidades vitales de la población.

Pero también no es bueno hacerlo porque estaríamos dejando el mercado a merced de los altos precios de lanzamiento de los productos nuevos que, así, pueden perpetuarse. Obsérvese que si el mercado farmacéutico va incorporando productos nuevos de tal modo que cada 10 años el mercado se renueva entre un 30 y un 35%, entonces se va perdiendo paulatina pero fuertemente la accesibilidad de la población al arsenal terapéutico disponible. Es por eso también que los proyectos de prohibir en la receta una marca comercial o el nombre de un laboratorio, lo que he denominado en otra oportunidad el intento de “commoditización forzosa” de los medicamentos, no sólo atenta contra las fuerzas dinámicas del mercado sino que, en definitiva, atenta contra la misma accesibilidad que se intenta promover.